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Por Michael Kalloniatis
Licenciado en Optometría, máster en Optometría, doctor; Henrietta Wang, licenciada en Optometría, máster en Salud Pública; Nimesh Patel, doctor en Optometría; y Jack Phu, doctor en Optometría.

Fig. 1
Las pruebas del campo visual (CV) son fundamentales en la práctica clínica para detectar, monitorizar y evaluar los resultados del tratamiento (Fig. 1). La perimetría automatizada estándar (SAP) continúa siendo el método de referencia, complementado por la perimetría cinética para caracterizar de forma más completa las lesiones periféricas. En este contexto, el artículo revisa distintos defectos del campo visual que pueden ser característicos de determinadas patologías y explica cómo, al integrarlos con otras pruebas clínicas e imágenes como la OCT, es posible localizar la lesión a lo largo de la vía visual. El análisis abarca desde la retina y el nervio óptico hasta estructuras más posteriores, incluyendo los efectos de la degeneración retrógrada causada por lesiones más allá del núcleo geniculado lateral.
A lo largo de la vía visual, las lesiones presentan patrones específicos. Las afecciones retinianas y del nervio óptico suelen generar disfunción visual asimétrica, frecuentemente acompañada de defecto pupilar aferente relativo (RAPD). En el quiasma, las lesiones típicamente producen defectos bitemporales que respetan la línea media vertical. Más adelante, en el tracto óptico, pueden aparecer hemianopsias homónimas, mientras que las lesiones en el núcleo geniculado lateral son menos frecuentes y presentan patrones bilaterales característicos. En las radiaciones ópticas y la corteza visual, los defectos tienden a ser más congruentes. Las lesiones temporales suelen generar defectos superiores (“pie in the sky”), mientras que las parietales afectan la porción inferior (“pie on the floor”). En la corteza visual, además, puede observarse preservación macular, dependiendo de la localización de la lesión.
También es importante considerar causas obstructivas, como cataratas, ptosis o alteraciones de la superficie ocular, que pueden simular defectos del campo visual. Por ello, la interpretación clínica debe apoyarse en una evaluación integral que incluya el estado de la retina y el nervio óptico, la presencia de RAPD, la congruencia del defecto y su carácter monocular o binocular.
A través de múltiples casos clínicos, el artículo muestra cómo estos principios se aplican en la práctica (Fig. 2). Un ejemplo es el de una paciente con fibras nerviosas mielinizadas, en quien la pérdida del campo visual correspondía directamente con la localización anatómica observada, confirmando un defecto por obstrucción y no una patología glaucomatosa. Otros casos ilustran alteraciones del nervio óptico que pueden simular glaucoma, pero cuyo origen está relacionado con traumatismos previos. En estos pacientes, la correlación entre la OCT y el campo visual, junto con la historia clínica, permitió identificar neuropatías ópticas traumáticas, destacando la importancia de diferenciar estas condiciones de enfermedades progresivas.

Fig. 2
En situaciones de pérdida visual súbita en pacientes mayores (Fig. 3), el artículo resalta la necesidad de sospechar neuropatía óptica isquémica anterior, especialmente cuando está asociada a arteritis de células gigantes. En estos casos, la evolución del grosor de la capa de fibras nerviosas de la retina (RNFL) y los cambios en el campo visual reflejan la progresión de la enfermedad, subrayando la urgencia de un tratamiento inmediato para evitar complicaciones bilaterales.

Fig. 3
Las lesiones quiasmáticas (Fig. 7), como los adenomas hipofisarios, se presentan con pérdida bitemporal del campo visual, a menudo iniciando en la región superior. El artículo destaca la importancia de reconocer patrones clave —como el respeto de la línea media vertical— para orientar el diagnóstico y remitir oportunamente a estudios de neuroimagen. La falta de seguimiento en algunos pacientes pone en evidencia la necesidad de una adecuada documentación y continuidad en la atención. En las lesiones de las radiaciones ópticas, frecuentemente asociadas a eventos cerebrovasculares, los defectos del campo visual reflejan la localización anatómica de la lesión. Los casos analizados muestran cuadrantanopsias superiores o inferiores, dependiendo de si la afectación es temporal o parietal, y su estabilidad en el tiempo sugiere lesiones de larga evolución.

Fig. 7
Finalmente, el artículo aborda las lesiones corticales (Fig. 9), que suelen producir defectos altamente congruentes. En estos casos, los cambios observados en la OCT y en el nervio óptico pueden ser consecuencia de una degeneración retrógrada transsináptica, lo que puede llevar a confusión diagnóstica con glaucoma. La correlación entre estructura y función, junto con pruebas de campo visual de mayor resolución, permite identificar con mayor precisión el origen cortical de la alteración.

Fig. 9
Conclusiones
La evaluación del campo visual, integrada con la imagenología y la historia clínica (Fig. 10-12), es clave para localizar lesiones a lo largo de la vía visual y orientar el diagnóstico y tratamiento. Un análisis detallado de los patrones del campo visual permite diferenciar entre patologías oculares, neurológicas y causas obstructivas, facilitando intervenciones oportunas que contribuyen a preservar la visión y reducir la morbilidad en los pacientes.


Fig. 10-12
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